Sus manos
rodearon el cuerpo del arma, apuntó a su objetivo lo mejor que pudo entre el
frenesí y el caos y jaló del gatillo. La bala salió disparada en lo que pareció
un intervalo infinito que se perdió entre el espacio y el tiempo, fue entonces
cuando la munición cobró vida y conciencia. En ese cruce de realidades, el
proyectil viajó por sus memorias y recordó ser una lanza que, sedienta de
sangre, se hundió en el corazón de un humano. De un hermano. Aquella bala evocó
entre sus memorias la empuñadura de un hierro que, sin piedad alguna, cortó la
cabeza de un humano. De un hermano. Ahora, ella se dirigió a un nuevo blanco,
como sus antepasados, iba a matar. Su dueño le había dado una misión: asesinar
a un ser humano. Pero entonces, ese amo que había disparado para derribar a un
enemigo, abrió los ojos desmesuradamente, pues la bala atravesó el cuerpo de un
humano. De una hermana. El proyectil fue la lanza, la flecha, y la espada
despiadados de la historia que acabaron con tantas existencias y glorioso, arrebató
una vida más. La vida de una inocente niña. Misma que cayó sobre la arena,
exhalando su último aliento. Estaba muerta.
¿Qué
es lo que nos hace verdaderamente humanos? ¿En qué se basa nuestra humanidad?
¿Cuándo podemos decir que somos “mejores”?
Los hombres son los únicos entes sobre la faz
de la tierra que son capaces de cometer crímenes atroces contra sus hermanos.
Sólo basta con recordar los momentos más frenéticos y crueles del Holocausto
para comprender hasta dónde puede llegar la perversidad humana.
En
cambio, en la naturaleza hay muchos ejemplos de cariño: madres que abrazan y
cuidan a sus cachorros, un ideal intrínseco sobre ayuda mutua, apoyo
incondicional entre familias. Imaginen, por ejemplo, a un grupo de monos que después
de hacer un truco se les regala un plátano, junto a este conjunto laborioso,
hay otro mono al que le regalamos un plátano sin hacer nada para ganarlo: los
otros animales lógicamente atacarán al “perezoso”. La justicia impera en el
medio ambiente. En el medio urbano, artificiosamente construido por el hombre,
no.
En
lo más recóndito del corazón del hombre encontramos dos fuerzas antagónicas: la
primera es la destrucción, la forma más primaria y más terrible de nuestra
humanidad. Pensemos en la más horrible de las masacres; en niños obligados a
matar a sus semejantes, en personas torturadas, rebajadas, apuñaladas mediante
frases hirientes en la mente. Recordemos cada escena de guerra que se cuela en
nuestras memorias raciales, sintamos el peor de los dolores en nuestra vida.
Para algunos, quizá fue un golpe, para otros, la muerte y aún más grave, el
insulto proveniente de un ser querido. ¡Atrocidad! ¡Genocidio! ¡Desesperación y
pena!
Bajo
estas premisas podríamos afirmar que el ser humano, entre más malvado, mejor
es; porque la infamia es parte intrínseca de su alma. Si este enunciado fuese
cierto, el hombre está condenado al sufrimiento.
Somos
los únicos seres de la Creación que pueden decir que conocen el mal en su
esencia. Y eso es precisamente, nuestra salvación. ¿A qué me refiero? En el
corazón del hombre, reitero, conviven dos fuerzas. La primera, es el mal que
arrastra a los espíritus y los convierte en demonios que acaban con su propia
raza. Mas la segunda es lo opuesto a esto. Es bien absoluto.
Remontémonos
a la tradición judeocristiana, que en buena medida ha marcado a la civilización
occidental. Se menciona que en el jardín del Edén existía el árbol de la
ciencia del Bien y del Mal. Cuando nuestra especie comió del fruto de la
misteriosa planta comprendimos esta dualidad.
Hemos
manoseado la carne de la depravación y por lo mismo, conocemos el más profundo
sentimiento humano: el amor.
Es
lógico que la razón nos lleve a la declaración que señala que sabemos lo que es
oscuro, porque vislumbramos a su contrario: la luz. A su vez, sabemos que
estamos vivos porque percibimos y sentimos la muerte.
Sí,
somos seres viles que se relacionan con las penas más profundas. Mas somos
también criaturas que habiendo visto en
el abismo de su corazón el lugar más lóbrego, salen a flote y sufren una
metamorfosis, vuelan y se elevan hasta el punto más celestial en ese corazón
tan humano, llegan entonces a un paraje que irradia resplandores de colores y
que entrega al mundo la expresión más alta humana: bondad, virtud y esperanza.
Él se acercó y
vio el cuerpo de la niña sin vida ya. La herida sangrante producida por su arma
le pareció aún más horrible de lo que le transmitía su vista, la muerte
representaba no sólo el cese de una existencia, sino que lo convertía en un
asesino impío. Ríos de lágrimas brotaron de sus ojos y se perdieron en sus
ropajes sucios que lo distinguían del resto de los mortales. Era un soldado y,
por lo tanto, un homicida. Sus manos
arrojaron el arma y abrazó el frágil cuerpo, llorando sobre éste. De repente,
todo se había vuelto mudo. No obstante, éste no era un silencio sepulcral, sino
una calma pacífica. El hombre levantó la mirada al sentir que la palma de una
mano se apoyaba en su hombro. Fijó la mirada en una mujer, de facciones idénticas
a las de la niña y se sintió aún más miserable al ver las gotas de tristeza que
se deslizaban por las mejillas de la dama. Ella besó a la chiquilla,
depositándola cuidadosamente en el suelo ahora sagrado; y en un acto que no necesita explicación,
acarició el rostro del asesino, quien se lanzó al regazo femenino. Ella arrullo
al hombre, compartiendo la pena y palpando el sufrimiento converso. Ese gesto
no fue de lástima: fue gracia divina, fue comprensión y aún más, fue perdón.
Guinevere McNamara

Este corto me encanta, y demuestra que con unas cuantas palabras podemos sacar lo mejor de esta "terrible" humanidad.
