domingo, 24 de enero de 2010

La Fiebre de la Tristeza



Hace ya rato que no escribo en el blog, y ahora encontré un cuentecillo. Con él gané un concurso de redacción cuando tenía 14 (estaba en secundaria), el tema eran los símbolos patrios (como le fascina a la Secretaría de Educación Pública crear concursos con base a este tipo de cosas, que en mi opinión no garantiza la implicación por una verdadera identidad nacional, pero ésa es harina de otro costal), y en base a alguno de ellos, crear una historia. El mío trató sobre la leyenda del águila comiendo una serpiente, que dio origen al Escudo Nacional. Sin más, les presento "La Fiebre de la Tristeza".

...
Citli miró su reflejo en el agua, se encontraba en las orillas de un lago alejado de la ciudad. El paisaje estaba iluminado por la luz blanca de las estrellas y la Luna, este conjunto centelleaba graciosamente en el agua. Los ojos de Citli parecían dos estrellas más jugando en el cristalino lago. Ella era una joven de dieciséis años de edad, su tez morena y el negro cabello que le recorría la espalda hacían un complemento armonioso y bello. Sus piernas eran fuertes de tanto caminar y sus brazos no eran débiles, pues las labores hogareñas hacían de ella una adolescente fuerte. A pesar de que su abuela le había hecho unos huaraches, siempre andaba descalza, le encantaba sentir la tierra y el agua por debajo de sus pies. Con rasgos físicos de lo más finos, Citli era una joven realmente hermosa.

Se levantó perezosamente del tupido y húmedo pasto. Aquél lugar era el favorito de la joven para pensar y escapar de su ajetreada vida. Lo había descubierto mientras sus hermanos cazaban un ciervo, se separó mucho del grupo, y detrás de varias ramas de árboles había encontrado un paraíso: Un gran valle, enorme, lleno de plantas y animales salvajes, en cuyo centro había un precioso y cristalino lago, donde podían verse a peces de todos los colores habidos saltar fuera del agua, dándole a tal paisaje un halo de frescura y naturalidad al ambiente. Nadie la perturbaba ahí; sin embargo, a los padres de Citli les disgustaba las salidas de su hija fuera de la ciudad. No era que le gustase desobedecer órdenes de autoridades, pero necesitaba tiempo sola y pensar sobre lo que quería hacer.

Una epidemia terrible había caído sobre la ciudad desde que había comenzado el año solar. Sin ninguna razón aparente. Esta enfermedad comenzaba con una alta fiebre, continuaba con convulsiones y terminaba con un profundo sueño del cual no existía retorno. El sufrimiento y delirios de la persona afectada provocaban el contagio. Por ello, la mortal enfermedad recibió el nombre de “La fiebre de la tristeza”.

Los padres de Citli se encontraban enfermos hacía ya una semana entera. A Citli no le permitían entrar al cuarto de sus progenitores, ya que sus hermanos temían que la hija más pequeña de su familia se contagiara.

Citli había llorado por días enteros. Sin embargo, había decidido investigar la causa, y la cura, de esta desgracia. Su tristeza se había convertido pronto en ira, pues no se le había ocurrido ninguna solución, ni siquiera en su rincón de paz. Rendida, derramó una última lágrima en el lago, convirtiéndose en una serie de ondas que se perdieron mientras avanzaban. Dejó de mirar el reflejo de los ojos enrojecidos por las lágrimas que provenían desde su alma, se dio la vuelta y la joven caminó a paso rápido y decidido, mirando sólo hacia el frente, evitando distraerse con las sombras que atravesaban el sendero, a cualquier visitante la noche en el bosque le haría empalidecer de miedo, mas Citli se sentía como en su propia casa.

No era común que alguien avanzara con tanta seguridad en un lugar como aquél. Los enormes árboles parecían advertir acerca de los peligros que residían entre las sombras.

El viaje de regreso no era nada corto, el sendero era accidentado y Citli buscaba la tierra más suave para poder andar con mayor facilidad, de vez en cuando se detenía para limpiarse los pies y tomar un respiro. Muy pronto llegó al arroyo que separaba el bosque de la pequeña población donde vivía, un pequeño camino de agua se abría paso entre los guijarros que servían a Citli de apoyo para cruzar el agua corriendo. Buscó algún árbol caído para usarlo como puente y no tener que resbalarse con las piedras del arroyo. Al encontrarlo, escuchó un sonido dulce, melodioso, una melodía misteriosa, hipnotizante: Era el de una flauta.

A Citli, al ver al flautista, se le heló la sangre, quiso pasar desapercibida, ignoró al hombre que, apoyado en un árbol con mirada prepotente tocaba una flauta en forma de serpiente tallada en madera. El muchacho debía tener unos 24 años de edad, sus ojos eran del mismo color de los de Citli, pero muy diferentes a la vez: pequeños, fríos y calculadores, sin pizca de bondad. El joven era corpulento, y por sus atavíos, seguro era de una clase social muy alta. Al flautista se le escurrían las manos de agua, dando dos pasos le cerró el camino a Citli.

-¡Qué lamentable situación la de tu familia!- dijo con una sonrisa malvada.
-Déjame pasar, miserable- Bufó Citli rodeando al joven.
-¿Por qué dices eso? Ah, claro. Se me olvidaba que yo tuve la gran idea de decirle al cuerpo de sacerdotes que tenían que sacrificar a la joven más hermosa para librarse de los males- Afirmó el flautista con tono irónico- Eso te pasa por rehusarte a casarte conmigo – Citli recordó aquel día, en el que estaba en su amado lago, cantando y recolectando flores para llevarlas a su casa, cuando de repente oyó que una rama crujía y al darse la vuelta había visto a Miquiztli, con sus ropas lujosas y una mirada de autosuficiencia. Miquiztli se acercó a ella, y trató de besarla, ella se separó y forcejearon durante un momento. Citli era la mejor amiga de Miquiztli, antes de que él tratase de poseerla. La joven le escupió en la cara y salió corriendo; después de ése día, el odio circulaba por las venas de los dos…

-Miquiztli, aunque tuviese que dar mi espíritu por ello, jamás hubiera contraído nupcias contigo. Sí, moriré en dos días, pero sé que mi conciencia estará limpia- dijo Citli en tono sereno.
-Tonta- y Miquiztli se perdió en la distancia.

La joven siguió su recorrido hacia la ciudad, no se había percatado de que comenzaba a amanecer. El Sol se encontraba en su máximo esplendor, con un tono rojizo, dando a las nubes el color lila que tanto gustaba a Citli. Pero aún así, en ese momento no quería pensar en el paisaje, tenía que aprovechar sus últimos días de vida en algo provechoso.

En la ciudad no se avistaba ni un alma, era horrible. Por lo general en las mañanas había recolectores y campesinos que salían a trabajar. La rutina diaria permitía ver a los niños sonrientes jugando y corriendo alrededor de los comerciantes que todos los días vendían lo que lograban cultivar y recolectar en los campos cercanos. Sin embargo, la nueva epidemia impedía a todos sentirse animados, felices y mucho menos con ganas de salir de sus casas.

Caminó pesadamente por la avenida principal, se acercó a su hogar y tocó tres veces la puerta. Uno de sus hermanos la dejó pasar y le espetó con voz autoritaria:

-¿Qué horas de llegar son éstas? Hemos estado preocupados por ti. Te tenemos que mantener viva dos días más.
-Lo siento, estaba preparándome para la muerte- contestó Citli ironizando su respuesta, corrió hacia el cuarto de sus padres, estaban quejándose de la tristeza tan amarga que les cortaba el cuerpo. Citli lloró desconsoladamente al verlos y su hermana mayor la sacó de ahí y la arropó en su catre.

Citli recordó lo último que le había dicho su abuelo, al cumplir los quince años: Como siempre, había terminado de ayudar en el huerto de su madre y estuvo largo rato jugando con sus pequeños primos. Al ponerse el Sol había regresado a su choza, con suerte, su abuelo todavía estaría despierto y podría oír uno de sus agradables cuentos. Pero aquél día no oiría ningún cuento, su abuelo la llamó en cuanto oyó la risa de su pequeña nieta.

-Citli, acércate… ¡Felicidades!, ahora ya eres toda una mujer.
-Gracias abuelo.
-Querido ser, ahora que tienes la madurez suficiente es hora de que te regale algo que mi abuelo me dio cuando era pequeño, y me explicó que algún día alguien de mi familia lo necesitaría para entender muchas cosas. Estoy seguro de que ése miembro de mi familia eres tú… y por ello te tengo un regalo – su abuelo sacó de su catre un bello collar, tallado en madera en cuyo centro se hallaba un símbolo de una mujer con alas de águila. Citli lo miró inquisitivamente y lo tomó para colocárselo alrededor del cuello. Ella intentó sacarle más información a su abuelo, pero él se negó a decirle más. Citli seguía sin comprender la utilidad de su collar, que jamás se quitaba. Como quiera, no averiguaría nunca su significado de palabras de su abuelo, él había muerto pocos días después de su cumpleaños.

Derramó lágrimas cuando vio a sus padres muriendo y durmió hasta el día siguiente. Cuando despertó, comprendió que aquel era su último día de vida, debía de aprovecharlo. Se asomó por la ventana de su habitación y vio, sorprendida, a un gran grupo de niños jugando. ¡Qué mejor idea!, se apuró para llegar a jugar con ellos, mas al salir de su casa, alguien le impidió el paso: Miquiztli.

-Vaya Citli, ¿a dónde te diriges tan apurada?
-A jugar- Contestó cortante.
-¡Qué infantil!, en fin, ¿te enteraste? El sumo sacerdote murió ayer por la tarde-
-Pero el sumo sacerdote es…
-Si Citli, era mi padre- dijo Miquiztli sonriendo maliciosamente.
-¿Cómo es posible que te alegre la muerte de tu padre?
-Verás, mi queridísima, todo está planeado a mi antojo, mi padre me enseñó un par de cosas que tal vez me sirvan, algunos rituales y hechizos. Él me tenía estrictamente prohibido hacer uso de ellos, pero ahora…-Lanzó una carcajada y a Citli no le dio tiempo de interrogarlo, pues Miquiztli se dio media vuelta y se alejó de ahí, apresuradamente.

Quería seguir a Miquiztli a donde quiera que hubiese ido, pero los viejos amigos de Citli la llamaron para que se divirtiera junto a ellos. Hacía tiempo que dejó de pasarla tan bien, desde que como toda señorita tuvo que dedicarse a las labores hogareñas. Moriría con un recuerdo hermoso dentro de su mente.

El tiempo pasó volando, se percató de que era hora de descansar. Su familia se alegró de verla entrar a la casa con una sonrisa de oreja a oreja, ese gesto subió a todos el ánimo. Una sonrisa alegra el corazón de la gente que siente que no tiene esperanza y descubren que ésta, es lo último que muere dentro de ellos.

Descansó en el catre de su hermana, Citli recordó con nostalgia cómo su madre la abrazaba y arropaba para dormir, pues su hermana lo estaba haciendo de la misma manera.

Se levantó desemperezándose. Preparó el café matutino, bien recibido en la mañana. Fue entonces cuando sonó la puerta de la choza. Era un guerrero, con plumas en la cabeza, que escuetamente pidió a Citli que saliera hacia una mesa de piedra que había sido colocada en el centro de la vereda central, donde el pueblo pudiera ver.

Todos aplaudieron su llegada, la vitorearon. La ciudad entera tenía la esperanza de que la muerte de Citli acabara con la “fiebre de la tristeza”, muy dentro de sí, ella sabía que su muerte sólo lograría un charco de sangre, nada más. Un sacerdote la recostó en la mesa, el pueblo calló, el chamal pronunció algunas palabras inaudibles. Citli cerró los ojos, pronto una daga le atravesaría el pecho horizontalmente. Sólo entonces, se dio cuenta de la causa de la enfermedad y de las sabias palabras de su abuelo. Abrió los ojos, se levantó a una velocidad increíble y echó a correr hacia su lago favorito.

El día que vio a Miquiztli cerca del lago tenía las manos mojadas y la flauta de serpiente, ella sabía muy bien que ese tipo de flautas sólo se usaban para ritos ceremoniales. Eso, sumado a las últimas palabras de Miquiztli, demostraba que mediante un hechizo el joven sacerdote pensaba hacer algo espantoso. Él era la causa de la enfermedad, quería adueñarse de todo el territorio, él quería poder.
Todo el pueblo perseguía a Citli, pero a ella lo único que le importaba era correr en dirección al lago, extrañamente sintió que no corría, sino volaba, volaba a la velocidad de un rayó, sintió el aire acariciarle la cara, una suave brisa que le daba nuevas fuerzas. Cuando arribó al lago vio a una enrome serpiente que por más increíble que pareciera, estaba invocando algo. Citli sabía muy bien que el reptil era Miquiztli, así, se lanzó contra él, lo aprisionó con sus nuevas garras y se lo tragó de un bocado.

Citli había dejado de ser humana para convertirse en un águila, la cual, acabó con la “fiebre de la tristeza. El pueblo tomó al águila como una señal de vida, y ahí, en medio del lago construyeron la ciudad más espléndida del país: Tenochtitlán.

Guinevere McNamara

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Una de mis obras favoritas mexicanas, el huapango de Moncayo. Me fascina. Está interpretada por The Royal Philarmonic Orchestra bajo la dirección del maestro Luis Cobos

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